todo movimiento

Manu Arregui presenta un proyecto formalizado en una instalación de vídeo, fotografías y gráficos obtenidos a través de captura de movimiento virtual 3D y otros procedimientos de registro videográfico y fotográfico convencional.

Tomando como motivo las manos en movimiento, el trabajo aborda los temas del baile como activador del derecho a disentir y el desajuste del individuo frente a la sociedad por sus imperativos sexistas de masculinización. Tradicionalmente, lo masculino cohíbe el impulso. No resistirse al impulso conlleva liberarse del estereotipo, dejar de ser un hombre. Un movimiento masculino es recto y enérgico y contiene desplazamientos grandes y cortados que se oponen a los suaves, dudosos y pequeños. Los gestos masculinos de las manos dan impresión de rigidez, los movimientos de las muñecas son escasos y los dedos solo se flexionan para ejecutar una acción y jamás aletean. Los elementos de flexibilidad y animación no están de acuerdo con los autoconceptos de la masculinidad. Evidentemente el principio que guía el mantenimiento de una imagen masculina es que un hombre debe permanecer fijo. Como si todo lo que es curvado, frágil o desviado de su conducta se endureciese bajo la presión del exterior para llegar a ser el hombre curtido, de pocas palabras, el tipo fuerte y silencioso. La postura masculina es de compostura mientras la mayor parte del movimiento y la emoción surgen fuera de él. Los movimientos femeninos serían curvos y flexibles, implicando una predisposición escasa a la agresividad o resistencia y comunicando aproximabilidad o sumisión.

Arregui estudia específicamente los códigos de movimiento en los gestos de las manos. Una forma de visibilizar esa serie de normas no escritas para conformar lo que la sociedad espera de un hombre. Los gestos afeminados en un varón no son aceptados socialmente, son considerados un signo de debilidad y de superficialidad. En todas las formas de hacer las cosas siempre hay dos versiones, la masculina y la femenina, en la manera de coger una taza o mirar al cielo, y ahí están las normas no habladas para acusar al individuo que actúa de forma impropia a su sexo. Pero hay una causa específica que parece preocupar especialmente al autor, y es la afeminofobia que se respira entre algunas subculturas del colectivo homosexual. Esto supone una alianza intolerable con lo peor del machismo y la misoginia que caracteriza la cultura heteronormativa dominante, y en el fondo no es sino otra forma de homofobia en su afán de desaprobar el comportamiento afeminado, especialmente en lo referente al aspecto personal y la expresión corporal.

La Historia nos alerta de cómo con la llegada de las crisis económicas, desde 1930, la fobia al afeminamiento se recrudeció. El mundo de la danza muestra un claro ejemplo: para amparar el baile masculino contra la desaprobación homófoba, para propagar la idea de que los hombres que bailan son respetables y no necesariamente homosexuales, el reconocido coreógrafo Ted Shawn arremetía contra los ballets rusos: "América pide masculinidad en vez de arte", virilidad y nacionalismo contra la gran depresión. Shawn evocaba imágenes de esculturas griegas. Su lema era energía, humildad y bravura. El componía danzas viriles, no sexuales, los bailarines nunca se tocaban.

Después, algunos prestigiosos coreógrafos modernos encontraron protección para su condición homosexual neutralizando lo masculino y lo femenino, las connotaciones sexuales, centrándose en propiedades abstractas como el espacio, el tiempo y el movimiento. La danza moderna crea un entorno antisexual, con una racionalidad masculina que lo distinguía de las excavaciones interiores de sus colegas femeninas. En este caso el significado no estaría en las implicaciones psicológicas del movimiento corporal sino en las características físicas del movimiento en sí mismo. Merce Cunningham declaró acerca de sus propias coreografías: "no hay símbolos, ni historias, ni problemas psicológicos. Lo que ves es lo que hay".

Durante un siglo coreógrafos y bailarines han cultivado una danza que responde a las emociones y a las formas, pero no a los impulsos sexuales. Algo que comenzó a prescribir por la acción de diferentes movimientos de liberación gay y la crisis del SIDA.